EL ESCRITOR

El Escritor había leído de todo en su vida, desde aquella literatura pagana a la religiosa, aquella que revolvía las tripas y aquella dulzona que hacía vomitar; libros rojos, amarillos, verdes, prohibidos y por prohibir. Desde esa perspectiva, el Escritor había elaborado un pensamiento en el que se sentía capaz de juzgar, critica o alabar todo aquello que concernía a una sociedad que iba envejeciendo de una manera anodina.

Y un buen día, el Escritor se decidió a escribir. Primero recordó su infancia, y escribió sobre como su padre le daba palizas porque venía borracho después de trabajar todo el día en la fábrica, de cómo su madre aguantaba sin quejarse cualquier contratiempo que la vida le ponía por delante, de sus hermanos muertos y de los vivos, de las calles en las que vivía todo el día y donde aprendía que la vida era sobrevivir y que solo sobrevivían los más fuertes. Envió sus manuscritos a todas las editoriales infantiles del país y se la devolvieron dando una mala excusa; los niños no podían leer esas atrocidades. A los niños no se les podía hablar de padres que decían mentiras, de madres que nunca se rebelaban, de guerra, hambre, muerte o miseria. A los niños había que educarlos en un sinsentido en el que solo existían los cuentos de hadas y unos padres y maestros bondadosos que velaban por ellos. El Escritor se dio cuenta de que nunca había sido niño.

Cuando recordó su adolescencia, empezó a escribir sobre luchas en la universidad, sobre manifestaciones contra el Estado y la Iglesia, persecuciones de policías que mataban a gente en comisarias a fuerza de tortura, gente que callaba lo que no se podía gritar. Y sus libros le fueron devueltos por reaccionarios, no se podía arremeter contra el Estado, porque el Estado somos todos, la Iglesia velaba por la bondad porque basaba sus teorías en los sacramentes de Jesuscristo, la policía se encargaba de velar por el orden y era mejor olvidar todo lo que había ocurrido porque remover el pasado podía traer confrontaciones innecesarias. Y entonces empezó a preguntarse dónde había quedado su adolescencia.

El Escritor iba haciéndose mayor, y entonces decidió escribir sobre la gente de su entorno. Los que se resignaban, los que firmaban su hipoteca de por vida y se ataban a unos pagos que le privaban de vivir, los amigos del alma que siempre estarían al lado de sus amigos del alma y que un buen día, por hache o por be, se daban de lado, los que no podían pagar los plazos de la tele, del coche o del ultimo viaje a Galicia. Consiguió que una pequeña editorial de una pequeño barrio le publicara un libro que sus amigos compraron con ansiedad y quisieron tener una dedicatoria de aquel famoso escritor que por fin había publicado un libro. Pero entonces, uno a uno, sus amigos dejaron de hablarle, porque se sentían identificados con alguno de aquellos míseros personajes que vivían para enriquecer las arcas de bancos y empresas privadas. El Escritor empezó a dudar si alguna vez había tenido amigos.

Y el Escritor dejó de escribir, de mostrar lo que pensaba porque durante el transcurso de su vida se había dado cuenta de que a nadie le importaba lo que él pensaba. Y francamente, aprendió que a él le importaba una mierda lo que pensara el resto de la gente

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