jueves, noviembre 26, 2009

UN CUENTO SOBRE LA VIOLENCIA DE GÉNERO


Hoy os contaré un cuento muy real.

Hace años hubo dos niñas que eran las mejores amigas.

Tan amigas, que juraron que su amistad duraría toda la vida y más allá de ella. Lo compartían todo y aunque no se veían nada más que los fines de semana y en vacaciones, se escribían cartas en las que se contaban sus secretos.

Esas niñas fueron creciendo y siendo jovencitas una de ellas conoció al amor de su vida. Y la otra, se alegró, porque por eso eran amigas y aunque entendía que la situación había cambiado y había momentos en los que la echaba de menos, aprovechaba el tiempo que pasaba con ella al máximo.

Pero cada vez ese tiempo era más pequeño y cuando estaban los tres juntos la amiga sentía que al novio no le caía bien, sobre todo cuando recordaban momentos que habían vivido juntas y con los que tanto habían disfrutado.

Poco a poco fueron cambiando las cosas y cada vez se veían menos.

Un día, fue a verla a su casa y al ver que no estaba su novio con ella la invito a que salieran a tomar algo. Pero la amiga le dijo que no, que si se enteraba su novio se enfadaría.

La amiga no lo entendía y trataba de hacerla ver que ella tenía que vivir por ella y no por él. Pero hasta su familia en esto apoyaba al novio. ¿Qué queréis que os diga? Una familia un tanto a la antigua.

No se cuántos fines de semana la amiga fue a buscarla, estando su novio o no, para salir a dar un paseo, o para hablar simplemente, pero la respuesta siempre era no.

Hasta que un día le preguntó a su amiga por qué no le caía bien a su novio porque estaba claro que esa era la razón, y ella le respondió que él no podía soportar pensar que habían pasado momentos felices en los que él no estuviera, que sentía miedo de que pudiera cambiarla y que por ello le había hecho prácticamente prometer que si quería seguir con él no podría verla, si no estaba él presente.

Cuántos días lloró la amiga al sentir que esa amistad tan bonita se moría.

Pasaron algunos años y aunque, cuando se veían siempre, se saludaban, la confianza que tanto las había unido había desaparecido. Sólo quedaba el cariño de un recuerdo de infancia.

Pero una tarde se encontraron las dos. El novio no estaba y disfrutaron de unas horas recordando buenos momentos. Hasta que surgió el tema del por qué todo había cambiado entre ellas y llegaron las confesiones.

En un momento, la amiga, con miedo, le confeso que su novio era muy celoso, y, aún no entiendo el por qué, llorando la relató como hacía un tiempo le había pegado una paliza porque le había visto hablando con un amigo de toda la vida.

Pensé de todo al ver a mi amiga, ahí delante de mi, sintiendo cómo necesitaba contárselo a alguien, y me ofrecí a ayudarla a ir a su casa, hablar con sus padres, incluso denunciarle... Pero al tiempo de enfrentarla a su miedo, ella sintió aún más y me quiso hacer jurar no decírselo a nadie porque ella lo quería y no podía dejarle. Además él le había prometido no volver a pegarla, y llevaba tiempo que no lo había vuelto a hacer.

Dios mío, según contaba ella, le había tirado al suelo y le había dado patadas en la espalda y en la tripa. Y al levantarla la dijo que sólo ella tenía la culpa. ¿Eso era amor?

Aquella noche no dormí, y no podía parar de llorar. Recuerdo que al despertar se lo conté a mis padres para ver si me podían ayudar porque no podía consentir lo que le estaba pasando a mi querida amiga, y mis padres me dijeron que si ella no quería dejarle no podrían hacer nada, pues tampoco habían sido testigos de nada.

Después de hablar con ellos, decidí ir a su casa a hablar de nuevo con ella, dispuesta a si era necesario decírselo a sus padres, pero al llegar ella lo negó, diciéndome que tampoco era para tanto y que quizás lo había exagerado.

Recuerdo que su madre escuchó la conversación y me echó muy educadamente de su casa, diciéndome que había mujeres que a lo mejor podían permitirse el lujo de perder el tiempo en estudiar una carrera, pero que su hija era ya una mujer que pronto se casaría y que no tendría tiempo para jugar con chicas que no pensaban como ella.

Yo, tenía diecinueve años y ella dieciocho.

Antes de irme la dije "Siempre estaré para lo que necesites", pero después de ese día ni siquiera volvimos a compartir recuerdos.

Se casó con él, y todavía está casada. No me invitó a la boda.

A veces pienso en ella y quiero creer que les va todo bien y que aquello no volvió a repetirse, aunque en mi mente sí se ha quedado grabado. ¿Tenía que haber hecho algo más? ¿Qué podía haber hecho?. Quizás si su entorno hubiera sido otro todo hubiera sido diferente.

Cuando nos vemos, nos damos dos besos, pero nada nunca volvió a ser igual. Creo que siempre se ha arrepentido de habermelo contado.

SIENTO HABER ROTO MI PROMESA DE NO CONTARLO.

ANTE EL (LA) MALTRATADOR (MALTRATADORA), TOLERANCIA CERO




ANA
LA ESCRITORA DE LOS CUENTOS DE LA LUNA OSCURA

2 comentarios:

  1. Aunque suene horrible, al final, las culpables principales son las mujeres que toleran por su baja autoestima y complejos. Y es cierto, es como las drogas o cualquier dependencia, hasta que la persona no toma su decisiòn, el problema jamas se solucionarà...
    Ahora mismo hay una mujer hozpitalizada en Mèxico, apuñalada por su esposo con mas de 25 años de casada (el se suicidò), matrimonio realizado en contra de la opiniòpn de toda la familia de la cual incluso se alejò...¿lo peor?, que en una ocasiòn se separò de èl...lo perdonò y regresò...

    abrazos

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  2. ...agregarìa...SI A LA DENUNCIA...tanto la personal como la de las personas cercanas..y como bien dices...¡TOLERANCIA CERO!

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