El País sin Imaginación

Había una vez, hace muchos, muchos años, un país en el que los niños no leían nunca, en el que los adultos no soñaban y en el que los profesores sólo sabían enseñar matemáticas a todo el mundo. En ese país había muy pocas sonrisas y al no leer ni soñar, no había nadie que tuviese imaginación.

Un buen día, las encinas de aquel país comenzaron a secarse y nadie sabía por qué sus hojas se marchitaban, sus troncos se ennegrecían y sus ramas se retorcían hasta romperse. Nadie sabía cómo detener aquella terrible sequía.

Al país llegó un sabio muy viejo, que dijo poseer el secreto de las encinas y el remedio para que éstas dejaran de secarse. Pero el rey del país quiso arrebatar al sabio el objeto en el que tenía guardado el secreto, en vez de pedírselo con amabilidad, y éste, que era un mago muy poderoso desapareció, dejando en su lugar el extraño objeto que nadie se atrevió a tocar y que permaneció allí, olvidado, durante mucho tiempo, llenándose de polvo, bajo la copa reseca de una encina.

Al cabo de los años, cuando los niños que no leían eran ya adultos que no soñaban y el recuerdo del mago era ya una leyenda para asustar a los pequeños, un niño muy travieso se perdió en el Bosque Seco, donde permanecían petrificadas las encinas que se habían secado en el pasado.

El niño vio un objeto que no conocía, se acercó y lo tomó entre sus manos, sin recordar ni temer la leyenda del mago. Era rectangular y no demasiado pesado, estaba muy sucio y embarrado y parecía estropeado, pero tras sostenerlo unos segundos, el niño vio que podía abrirse y que en su interior había toda clase de cosas maravillosas y desconocidas para él. Allí encontró dragones y princesas, coches de carreras, payasos voladores y toda una suerte de personajes, países y aventuras que nunca habría imaginado. El niño empezó a reír y sus risas resonaron por todo el bosque, alertando a los vecinos y campesinos del país.

Cuando todo el mundo salió en su busca, guiados por los extraños sonidos del niño, pronto notaron que algo extraño ocurría en el Bosque Seco, las encinas tenían brotes verdes por todas partes. Muchos se asustaron y corrieron cuando escucharon las carcajadas del chiquillo, al llegar donde estaba, lo vieron sentado debajo de una encina, sonriendo sin parar, apoyado en un tallo reverdecido y leyendo cuentos.

Desde aquel día, las gentes de aquel país empezaron a leer y disfrutar con la lectura, los niños sonrieron y los adultos fueron por fin, capaces de soñar…


Javier Fernández Jiménez
CASTILLOS EN EL AIRE

2 comentarios:

  1. ¡QUE HERMOSO!, cuanta falta nos està haciendo -a la humaniad en general -que tu cuento se convierta en realidad...

    Besos

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  2. Ey, qué sorpresa!

    Muchas gracias por llevarte mi cuento a tu Café Charo, eres un sol. Y muchas gracias por tus palabras Adelfa.

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